RIBAO PEREIRA, Montserrat, “De don Álvaro de Luna a doña María la Brava: el fin de un ciclo”.

RIBAO PEREIRA, Montserrat, “De don Álvaro de Luna a doña María la Brava: el fin de un ciclo”, Symposium, 73-1, 2019, pp. 45-61.

Resumen

Cuando Doña María la Brava (1909), de Eduardo Marquina, se estrena en Madrid, los críticos del momento se manifestaron contrarios a la fusión de lo legendario y lo histórico representada, respectivamente, por los personajes de María de Monroy y Álvaro de Luna, ya que valoraron el drama a partir de la lectura decimonónica del condestable de Juan II de Castilla. Sin embargo, como argumenta este artículo, Doña María la Brava se apropia de los personajes del rey Juan (Luna, los cortesanos, los poetas y los nobles) con el nuevo objetivo de mostrar la decadencia de Castilla. En efecto, la obra de Marquina, que se gesta y representa poco después del desastre del 98, en el contexto del guerra de África y  “La semana trágica”, habla a los acomodados espectadores del Teatro de la Princesa, desde la degenerada corte medieval que lleva a escena, de la crisis de su propio tiempo e  inaugura una nueva forma de leer el siglo XV, que difiere mucho de las reescrituras anteriores y cierra el ciclo literario decimonónico del rey Juan II.

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RIBAO PEREIRA, Montserrat, “¿Hacia un teatro nacional? Doña María la Brava y la corte de don Juan II en la reapertura del Teatro de La Princesa”

RIBAO PEREIRA, Montserrat, “¿Hacia un teatro nacional? Doña María la Brava y la corte de don Juan II en la reapertura del Teatro de La Princesa”, en José María Ferri Coll, Raquel Gutiérrez Sebastián y Borja Rodríguez Gutiérrez, eds., Literatura para una nación. Estudios sobre el siglo XIX en honor del profesor Enrique Rubio Cremades, Sevilla, Renacimiento, pp. 364-381. ISBN: 978-84-1302-035-8.

El sábado 27 de noviembre de 1909 abre sus puertas el Teatro de la Princesa, después de una larga remodelación, de más de un año, emprendida por sus nuevos propietarios, María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza. Tras dejar el Español, los actores y empresarios dan forma a una de las salas más modernas de la capital, que levanta el telón, por vez primera en su nueva andadura, con un drama de Marquina escrito expresamente por este para la actriz. Doña María la brava, romancero en cuatro actos, se convierte, por las circunstancias formales que lo rodean y por el tratamiento de la materia dramática que aborda, en un punto de inflexión entre la tradición romántica y posromántica del XIX y la innovación teatral que se abre camino en el fin de siglo. El lujoso edificio de la Princesa, sus empresarios y los dramas elegidos por estos atraen a un público elegante, conservador, enemigo de novedades y notas altas. Por contrapartida, la apertura del renovado teatro deja libre a la nueva empresa del Español para dar cabida en él a los jóvenes talentos y a mayores audacias de pensamiento. De esta forma, las nuevas y las viejas salas, los nuevos y los viejos argumentos abandonan definitivamente la fisionomía decimonónica y encaminan a la escena española hacia la  renovación formal y conceptual  del teatro nacional a comienzos del siglo XX.